miércoles, 2 de octubre de 2019

UN CURSO DE MILAGROS. 2 de Octubre. LECCIÓN 275

LECCIÓN 275

La sanadora Voz de Dios protege hoy todas las cosas

1. Escuchemos hoy a la Voz que habla por Dios, la cual nos habla de una lección ancestral que es tan cierta hoy como siempre lo fue. 2Sin embargo, este día ha sido seleccionado como aquel en el que hemos de buscar y oír, aprender y entender. 3Escuchemos juntos, 4pues lo que nos dice la Voz que habla por Dios no lo podemos entender por nuestra cuenta, ni aprenderlo estando separados. 5En esto reside la protección de todas las cosas. 6Y en esto se encuentra la curación que brinda la Voz que habla por Dios.


2. Tu sanadora Voz protege hoy todas las cosas, por lo tanto, dejo todo en Tus Manos. 2Notengo que estar ansioso por nada. 3Pues Tu Voz me indicará lo que tengo que hacer y adónde debo ir, con quién debo hablar y qué debo decirle, qué pensamientos debo albergar y qué palabras trans­mitirIe al mundo. 4La seguridad que ofrezco me es dada a mí. 5Padre, Tu Voz protege todas las cosas a través de mí.

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INSTRUCCIONES PARA LA PRÁCTICA 

Ayuda para las lecciones:
de  Robert Perry  y Allen Watson

LECCIÓN 275  -   2  OCTUBRE

“La sanadora Voz de Dios protege hoy todas las cosas”

Propósito: Dar los últimos pasos a Dios. Esperar a que Él dé el último paso.

Tiempo de quietud por la mañana/ noche: Tanto tiempo como sea necesario.

  • Lee la lección.
  • Utiliza la idea y la oración para dar comienzo al tiempo de quietud. No dependas de las palabras. Utilízalas como una sencilla invitación a Dios para que venga a ti.
  • Siéntate en silencio y espera a Dios. Espera en quieta expectación a que Él se revele a Sí Mismo a ti. Busca únicamente la experiencia de Dios directa, profunda y sin palabras. Estate seguro de Su llegada, y no tengas miedo. Pues Él ha prometido que cuando Le invites, vendrá. Únicamente pides que cumpla Su antigua promesa, que Él quiere cumplir. Estos momentos de quietud son tu regalo a Él.

Recordatorios cada hora: No te olvides.
Da gracias a Dios por haber permanecido contigo y porque siempre estará ahí para contestar tu llamada a Él.


Recordatorios frecuentes: Tan a menudo como sea posible, incluso cada minuto.
Recuerda la idea. Permanece con Dios, deja que Él te ilumine.


Respuesta a la tentación: Cuando te sientas tentado a olvidarte de tu objetivo.
Utiliza la idea del día como una llamada a Dios y desaparecerán todas las tentaciones.


Lectura: Antes de uno de los momentos de práctica del día.


  • Lee lentamente la sección “¿Qué es?”.
  • Piensa en ella durante un rato.


Observaciones generales: Ahora, en esta parte final del año que tú y Jesús habéis pasado juntos, empiezas a alcanzar el objetivo de las prácticas, que es el objetivo del Curso. Jesús está tan cerca que no puedes fracasar. Has recorrido una gran parte del camino. No mires hacia atrás. Fija la mirada en el final del camino. No habrías podido llegar tan lejos si no te hubieses dado cuenta de que quieres conocer a Dios. Y eso es todo lo que se necesita para que Él venga a ti.



Comentario

Jesús nos dice en esta lección que necesitamos unirnos a Él para escuchar la Voz que habla por Dios (1:3). “Pues lo que nos dice la Voz que habla por Dios no lo podemos entender por nuestra cuenta, ni aprenderlo estando separados” (1:4). Date cuenta de que la unión que Jesús nos ruega aquí no es principalmente de unos con otros o con otras personas, aunque eso se da por sentado, lo que nos pide es nuestra unión a Él.

Si el problema es una creencia en la realidad de la separación, ese problema no puede ser sanado solo y separado. ¡Estar solo y separado es el problema! Cualquier sanación, cualquier salvación, cualquier iluminación que la Voz que habla por Dios nos trae es algo que se comparte. 

Puedo unirme a Jesús al escuchar la Voz que habla por Dios, eso es algo que puedo hacer ahora, en la privacidad de mi hogar, sin nadie a mi alrededor. Lo que oigo (que es siempre alguna forma del mensaje: “El Hijo de Dios es inocente”) es algo que se aplica a Jesús y a mí, a mí y a Jesús. Lo comparto con Él. La paz, la seguridad y la protección llegan, abandono todas las defensas que tengo contra Jesús y permito que Su Presencia esté conmigo. Reconozco que Jesús y yo compartimos un objetivo y unos intereses comunes. Veo que Él no tiene en Su corazón ningún ataque contra mí, y yo no tengo ninguno contra Él. “En esto (unión) reside la protección de todas las cosas” (1:5).

Cuando salgo al mundo para encontrarme con otras personas, lo que he encontrado en la Presencia de Jesús puedo extenderlo a todos con los que me encuentro. Lo que Él y yo hemos escuchado juntos es compartido, no sólo entre nosotros dos, sino con el Hijo de Dios en todos. Escucho la Voz sanadora del Padre, y protege todas las cosas, por lo que “No tengo que estar ansioso por nada” (2:2). Todos los seres comparten este mismo objetivo e intereses. Estamos todos en el mundo por este mismo propósito. Cualquier percepción de competición o ataque por mi parte, o por parte de otro, es sólo un error de percepción, y no es nada de lo que haya que tener miedo.

“La seguridad que ofrezco me es dada a mí” (2:4). Ofrezco seguridad al mundo desde mi unión con Jesús, y al darla, se me da a mí. Puedo decir: “Todos los que me encuentro están a salvo conmigo”. “Y estoy a salvo con todos los que me encuentro”. Cada encuentro es santo porque yo soy santo. Cuando el propósito del día se establece así desde el comienzo, puedo estar seguro de que se me guiará en todo. Se nos darán instrucciones muy concretas para nuestra actividad aquí en este mundo, aunque el mundo sólo sea una ilusión: “Pues Tu Voz me indicará lo que tengo que hacer y adónde debo ir, con quién debo hablar y qué debo decirle, qué pensamientos debo albergar y qué palabras transmitirle al mundo” (2:3).

Es una Voz sanadora la que escucho, una sanación que consiste en compartir, en unirse, en no tener intereses separados. La unión es la sanación. “El único propósito de este mundo es sanar al Hijo de Dios” (T.24.VI.4:1), y la sanación del Hijo de Dios en mí y en todos los que me encuentro hoy es el propósito de este día. Nada más. Que hoy sea un día en el que escucho la Voz. Que “busque y oiga, aprenda y entienda” (1:2).

Allan Watts escribió un libro llamado La Sabiduría de la Inseguridad. Según recuerdo, habla de lo poco sabio que es buscar seguridad porque la seguridad del ego y del cuerpo no es posible. Si continuamente estás buscando seguridad te volverás loco. Es mucho mejor y más sabio aceptar el hecho de la inseguridad y fluir con el universo.

Cuando esta lección habla de que escuchar la Voz protege todas las cosas, está diciendo lo mismo. Reconocemos que no sabemos las respuestas, no podemos resolver todo. No sabemos “lo que tenemos que hacer y adónde debemos ir, con quién debemos hablar y qué debemos decirle, qué pensamientos debemos albergar y qué palabras transmitirle al mundo” (2:3), pero Él lo sabe. En lugar de intentar continuamente obtener las respuestas para nosotros, nos mantenemos en contacto con la Respuesta Misma, el Único que sabe. En lugar de tener millones en el banco, confiamos en que lo que necesitemos se nos dará cuando lo necesitemos, y no nos preocupamos por ello. Dejamos el gobierno del universo en las Manos de Dios.

Nuestra seguridad y protección no está en nosotros, solos y separados. Procede únicamente de escuchar la Voz en cada momento. No conocemos el camino al Cielo, pero caminamos con Uno que lo conoce.


¿Qué es el Cristo?  (Parte 5)

L.pII.6.3:1-3

Cristo, nuestro Ser, es “el hogar del Espíritu Santo” (3:1). El Curso a menudo se refiere al Espíritu Santo como “la Voz que habla por Dios”, esta Voz procede de nuestro Ser, el Cristo. Éste es Su Hogar, donde el Espíritu Santo “reside”, por así decirlo. Cuando sentimos un impulso interno en una dirección determinada, o, como en el caso de Helen Schucman (que escribió el Curso), parece que oímos palabras de verdad que se nos hablan dentro de nuestra mente, es la presencia dentro de nosotros de esta “parte” de nuestra mente la que lo hace posible. Cristo es el eslabón que nos mantiene unidos a Dios (2:1). Si Cristo no existiese dentro de nosotros, no oiríamos estos mensajes, porque el eslabón que nos une a Dios no existiría. (Para ir un poco más lejos, ¡si no existiese esa unión con Dios, no existiríamos en absoluto!). Por lo tanto, el hecho de que sentimos estos mensajes internos que nos llevan en dirección a Dios y al amor demuestra que la unión con Dios todavía existe dentro de nosotros. Eso, a su vez, confirma lo que el Curso dice: “¡No estamos separados de Dios!”.

Cristo se siente a gusto única­mente en Dios (3:1). De nuevo, esto podemos sentirlo en nuestra propia experiencia. El sentimiento de no sentirnos en nuestro hogar en este mundo es casi universalmente reconocido; en un momento u otro, parece que todo el mundo se ha sentido así, algunos de manera más intensa que otros quizá, aunque todos lo hemos sentido de algún modo. ¿De dónde procede ese sentimiento? ¿Es posible que no estemos en nuestro hogar en este mundo? Dado lo extendido de esta experiencia, ¿no es probable que haya una parte de nosotros que realmente no se siente en el hogar aquí, sino sólo en Dios? El Curso nos aconseja que escuchemos esta Voz Interior que parece llamarnos a regresar a nuestro hogar, un hogar que no podemos recordar con claridad, pero que de alguna manera sabemos que es real. (Ver especialmente en el Texto “La Canción Olvidada” (T.21.I), o la Lección 182 “Permaneceré muy quedo por un instante e iré a mi hogar”)

“Cristo permanece en paz en el Cielo de tu mente santa” (3:1), como ya hemos explicado en los últimos dos días. Suceda lo que suceda en el exterior, el Cristo en nuestra mente permanece eternamente en paz.

Él es la única parte de ti que en verdad es real. Lo demás son sueños. (3:2-3)

Ésta es una afirmación fundamental. Para la mayoría de nosotros, esta parte de nuestra mente que está eternamente en paz, parece muy lejana y escondida, algo con lo que entramos en contacto en momentos de profunda meditación. La parte que nos parece “real” de nuestra consciencia es la parte agitada y confusa. Podemos reconocer que el Cristo en nuestro interior es real, pero sólo parece ser una pequeña parte de lo que somos. En realidad, esta lección dice que esa parte profundamente tranquila y santa es lo único real de lo que pensamos que somos, el resto son sueños.

Pienso que esto a menudo nos causa miedo a muchos de nosotros. La idea de que la mayor parte de lo que pensamos acerca de nosotros no es real en absoluto sino sólo un sueño, es bastante aterradora. Nos hemos identificado tanto con estos aspectos de nosotros y nos hemos convencido tanto de su realidad, que nos asusta la idea de que puedan desaparecer si entramos en contacto con el Cristo dentro de nosotros. Parece una especie de muerte o de destrucción, como si la mayor parte de nuestra persona fuera a borrarse en una especie de lobotomía cósmica. El Texto habla a menudo y con fuerza acerca de nuestro miedo a encontrar nuestro Ser (ver, por ejemplo el Capítulo 13, Secciones II y III del Texto). Una de esas afirmaciones es:

Has construido todo tu demente sistema de pensamiento por­que crees que estarías desamparado en Presencia de Dios, y quie­res salvarte de Su Amor porque crees que éste te aniquilaría. Tienes miedo de que pueda alejarte completamente de ti mismo y empequeñecerte porque crees que la magnificencia radica en el desafío y la grandeza en el ataque. (T.13.III.4:1-2)

Piensa en esto desde el otro lado de la pregunta por un momento. ¿Y si la mayor parte de lo que pensamos acerca de nosotros es sólo un sueño? ¿Qué perderíamos si desapareciera? Nada. Nada, excepto los sueños de dolor y sufrimiento, nada excepto nuestra profunda sensación de soledad.


La iluminación no destruye la personalidad individual. No destruye nada en absoluto, sólo elimina los sueños y las ilusiones. Quita lo que no es verdad ni nunca lo ha sido. El Cristo es la única “parte” de nosotros que es real, y la única pérdida que experimentaremos es la pérdida de cosas que jamás han existido.

martes, 1 de octubre de 2019

UN CURSO DE MILAGROS. 1 de Octubre. LECCIÓN 274

LECCIÓN 274

Este día le pertenece al Amor. Hoy no tendré miedo de nada


1. Padre, hoy quiero dejar que todas las cosas sean como Tú las creaste y ofrecerle a Tu Hijo el honor que se merece por su impecabilidad; el amor de un hermano hacia su hermano y Amigo. 2De ese modo soy redimido. 3Y del mismo modo, la verdad pasará a ocupar el lugar que antes ocupa­banlas ilusiones, la luz reemplazará toda oscuridad y Tu Hijo sabrá que él es tal como Tú lo creaste.

2. Hoy nos llega una bendición especial de Aquel que es nuestro Padre. 2Dedícale a Él este día, y no tendrás miedo de nada hoy, pues el día habrá sido consagrado al Amor.


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INSTRUCCIONES PARA LA PRÁCTICA 

Ayuda para las lecciones:
de  Robert Perry  y Allen Watson

LECCIÓN 274  -   1  OCTUBRE

“Este día le pertenece al Amor. Hoy no tendré miedo de nada”

Propósito: Dar los últimos pasos a Dios. Esperar a que Él dé el último paso.

Tiempo de quietud por la mañana/ noche: Tanto tiempo como sea necesario.

  • Lee la lección.
  • Utiliza la idea y la oración para dar comienzo al tiempo de quietud. No dependas de las palabras. Utilízalas como una sencilla invitación a Dios para que venga a ti.
  • Siéntate en silencio y espera a Dios. Espera en quieta expectación a que Él se revele a Sí Mismo a ti. Busca únicamente la experiencia de Dios directa, profunda y sin palabras. Estate seguro de Su llegada, y no tengas miedo. Pues Él ha prometido que cuando Le invites, vendrá. Únicamente pides que cumpla Su antigua promesa, que Él quiere cumplir. Estos momentos de quietud son tu regalo a Él.

Recordatorios cada hora: No te olvides.
Da gracias a Dios por haber permanecido contigo y porque siempre estará ahí para contestar tu llamada a Él.


Recordatorios frecuentes: Tan a menudo como sea posible, incluso cada minuto.
Recuerda la idea. Permanece con Dios, deja que Él te ilumine.


Respuesta a la tentación: Cuando te sientas tentado a olvidarte de tu objetivo.
Utiliza la idea del día como una llamada a Dios y desaparecerán todas las tentaciones.


Lectura: Antes de uno de los momentos de práctica del día.

  • Lee lentamente la sección “¿Qué es?”.
  • Piensa en ella durante un rato.


Observaciones generales: Ahora, en esta parte final del año que tú y Jesús habéis pasado juntos, empiezas a alcanzar el objetivo de las prácticas, que es el objetivo del Curso. Jesús está tan cerca que no puedes fracasar. Has recorrido una gran parte del camino. No mires hacia atrás. Fija la mirada en el final del camino. No habrías podido llegar tan lejos si no te hubieses dado cuenta de que quieres conocer a Dios. Y eso es todo lo que se necesita para que Él venga a ti.





Comentario


Dedícale a Él este día, y no tendrás miedo de nada hoy, pues el día habrá sido consagrado al Amor. (2:2)

Miedo es lo que surge cuando cerramos nuestra consciencia al Amor. No es nada sino la ausencia ilusoria del Amor, “ilusoria” porque el Amor nunca está ausente. El Amor es lo único que existe. Como el sol físico, el Amor siempre está brillando. A veces decimos: “Hoy no ha salido el sol”. Por supuesto que el sol ha salido, pero hay una interferencia: las nubes, algo que se pone delante y que nos impide ver el sol. Entonces vemos la oscuridad, que no es sino la ausencia de luz. La oscuridad no es nada en sí misma. Cuando se quita la interferencia, la luz está ahí, como siempre ha estado.

Así también, cuando quitamos la interferencia a nuestra consciencia del Amor, el Amor sigue estando ahí y el miedo ha desaparecido. Si dedicamos este día al Amor, no habrá miedo.

Es fácil ver cómo podemos entender cualquier forma de miedo como una petición de amor. “El miedo es un síntoma de tu profunda sensación de pérdida” (T.12.I.9:1). El miedo es cómo nos sentimos cuando el Amor parece estar ausente; por lo tanto, es simplemente un grito automático a la presencia del Amor. Es una petición de Amor, y nada más. El miedo puede tomar muchas formas: ira, preocupación, tristeza, celos, enfermedad o un deseo adictivo de una cosa o persona, pero todos ellos son sólo formas de miedo. Cuando sea consciente de ellos en mí, voy a llevárselos al Espíritu Santo para que Él pueda reinterpretarlos (T.12.I.8:8-9), para que yo pueda entender que todas las formas de miedo no son nada más que una petición inconsciente de amor (T.12.I.8:13), y por lo tanto no hay nada de lo que sentirse culpable.

Cuando era niño creía que toda enfermedad era causada por gérmenes. Tenía una idea muy clara de que un bicho invasor se metía en mi cuerpo y lo estropeaba, podía entender eso. Aunque metafísicamente esto no es una imagen verdadera, ni siquiera científicamente totalmente cierta, era lo que yo creía que era verdad. Eso era lo que la enfermedad era para mí.

Un día durante un largo viaje estaba sentado en la parte de atrás del coche, leyendo un tebeo. Empecé a sentirme mal. Supongo que nunca había sentido mareo antes, así que debía ser muy pequeño. Pensé que “me estaba poniendo enfermo” y les dije a mis padres que pararan el coche porque me iba a poner enfermo. Entré en la sala de descanso de una estación de servicio. Cuando entraba me sentí menos enfermo. Usé el baño, y pasados unos minutos me sentí mejor. Me sentí muy sorprendido, ¿qué le había pasado a la enfermedad?

Cuando volví al coche y se lo dije a mis padres, ellos dijeron: “¡Oh! Debes haber sentido el mareo por viajar en coche”. Me explicaron que a veces el movimiento puede hacerte sentir mal, pero que no es lo mismo que tener la gripe. Recuerdo que dije algo como: “¿Queréis decir que no estoy enfermo? ¿Qué sólo me siento enfermo? Estuvieron más o menos de acuerdo con mi interpretación. Me explicaron que se debía a que la mente se sentía confundida porque mis ojos estaban mirando a cosas que no se movían mientras que el resto del cuerpo sentía el movimiento. En efecto, me dijeron que ¡la enfermedad se debía a la falsa percepción de mi mente!

En mi joven mente, algo se iluminó. ¡Quería leer aquel tebeo! Aunque mis padres me aconsejaron que no lo hiciese, continué leyendo. Empecé a sentirme mal de nuevo. Pero entonces sabía la verdad: ¡No estaba realmente enfermo! Era una falsa enfermedad. No había ninguna causa real (gérmenes) para estar enfermo. Era mi mente la que me lo estaba haciendo, así que mi mente podía deshacerlo. Así que a pesar de las náuseas y dolor de estómago, seguí leyendo. Me dije a mí mismo: “No estoy realmente enfermo”. Y la náusea desapareció, y ya nunca más he vuelto a sentir mareo en toda mi vida, excepto una vez en un trasatlántico durante una tormenta muy fuerte, después de todo mil cien personas vomitaron, excepto yo y una docena de personas, supongo que la “prueba” era demasiado aplastante.

Tal como aquel día me convencí a mí mismo que la enfermedad no era real (una lección muy clara en mi vida acerca del poder de la mente), el Espíritu Santo quiere convencernos de que nuestros miedos no son reales. Tal como aquel día que no había nada mal en mi cuerpo, Él quiere que sepamos que cuando sentimos miedo, no hay nada malo en nuestra mente. A pesar de lo que vemos en el mundo, el Espíritu Santo quiere que sepamos que el miedo es producido por nuestra propia mente; no es real, porque el Amor nunca está ausente y por lo tanto no hay ninguna razón para el miedo. Puedes sentir miedo en cualquiera de sus formas (Él nunca nos pide que neguemos eso, en lugar de ello nos pide que lo miremos y lo reconozcamos muy claramente), pero lo que sí nos pide es que nos demos cuenta de que lo que estamos sintiendo es falso. No tiene causa. Es sólo algo producido por una mente que se ha cerrado a la verdad. Ni siquiera tenemos que curar nuestro miedo, porque ¡la enfermedad no es real!

O amamos a nuestros hermanos o les tenemos miedo, ésas son las únicas dos emociones en este mundo, según el Curso (T.12.I.9:5). Entonces, dedicar el día al Amor significa que no reaccionaremos con miedo a nuestros hermanos. Queremos “dejar que todas las cosas sean como Tú las creaste” (1:1), y por lo tanto honramos a nuestros hermanos en su perfecta inocencia. Le daremos a cada uno de ellos, como Hijo de Dios, “el amor de un hermano hacia su hermano y Amigo” (1:1).

El camino del Curso se basa en esto, en aprender a abandonar nuestros miedos y en responder unos a otros con amor, honrando lo que todos somos en verdad, en lugar de temer lo que nuestros hermanos parecen ser. Así es como somos redimidos (1:2), así es como la luz reemplaza a toda la oscuridad del mundo (1:3).

Este día le pertenece al Amor. Hoy no tendré miedo de nada.


¿Qué es el Cristo?  (Parte 4)

L.pII.6.2:4-5

El Cristo es la parte de nuestra mente en la que se encuentra la Respuesta de Dios (2:3). Esta parte de nuestra mente no se ve afectada por nada que los ojos del cuerpo puedan percibir (2:4). Nuestra mente, tal como somos conscientes de ella, se ve más que afectada por lo que nuestros ojos ven, está dominada por ello, y sacudida como una hoja al viento (¡como muy bien saben los publicistas!). Pero hay algo en nosotros, en algún lugar de nosotros, que está de acuerdo con esta afirmación de que no se ve alterado o perturbado por las percepciones físicas. Permanece perfectamente en calma a pesar de lo que parezca suceder a nuestro alrededor. Permanece completamente amorosa, sin que importen qué ataques se le hagan a nuestro amor. Esto es el Cristo, nuestro verdadero Ser.

Lo que estamos practicando es hacernos conscientes de esta parte de nosotros mismos. En los instantes santos que pasamos escuchando en silencio estamos intentando conectarnos con este centro silencioso y sereno de nuestro ser. Ésta es la Voz que intentamos escuchar, una Voz de una quietud majestuosa y de una total serenidad. El Cristo no es un ser extraño, algo separado de nosotros que tenemos que aprender a imitar. Él es nuestro Ser. Él es como el ojo del huracán. Cuando nuestra mente está agitada y aparentemente sin control, si queremos abandonar lo que nos causa agitación, podemos entrar en ese ojo de la tormenta y encontrar la paz dentro de nosotros, que siempre está ahí. En el momento en que lo hacemos el cambio es tan sorprendente que no hay confusión posible. El estruendo del viento se para. La explosión de los elementos se detiene de repente. No hay nada más que paz. En este centro tranquilo de nuestro ser, todos los acontecimientos de nuestras vidas que nos han llevado de acá para allá, indefensos ante su agarre, no tienen efecto alguno. Y en ese momento sabemos: “Esto es lo que Yo soy”.


Debido a la confusión de nuestra mente, debido a que hemos inventado un aparente problema donde no hay ninguno, el Padre ha puesto en Cristo “los medios para tu salvación” (2:5), la Respuesta a nuestras ilusiones. Y sin embargo, este Cristo permanece sin ser afectado por los “problemas”, completamente puro, Él “no conoce el pecado” (2:5). La Respuesta al pecado está en Él y, sin embargo, en Él habiéndose Respondido al problema, ni siquiera existe. La perfección de Cristo no ha sido manchada por nuestra locura. Todavía es tan perfecto como en el instante en que fue creado. Y Él es yo. “Soy el santo Hijo de Dios Mismo” (L.191). Aquí, en la quietud del Ser de Cristo, sé que todos mis “pecados” no son nada, que no tienen ningún efecto. Aquí soy más que inocente, aquí soy santo. Todas las cosas son santas. Y nada irreal existe.